Me cuesta levantarme de la cama por las mañanas. Pero hoy es diferente. Mi
nariz se abre poco a poco y sin querer tu olor se ha topado con mi olfato. Sin
abrir los ojos, solo con mi última imagen, mis manos van recorriéndote
suavemente tu espalda, asegurándome que aún estas ahí. No quiero despertarte.
Su tez blanca brilla con el primer rayo de luz del sol. Me gusta enredar mis
dedos con su pelo negro rizado, juego con ellos pero con cuidado para que no se
despierte. Te giras sigilosamente hacia mi, tus ojos cerrados me recuerdan lo
mucho que te quiero. Tu brazo, sin querer, se encuentra rozando mi espalda,
parece que tu también te quieres asegurar de qué este a tu lado. Dibujas una
sonrisa inconsciente en tu bonita cara, tu nariz chata se viste de unas
preciosas pecas tímidas que solo aparecen cuando les toca el sol. Estamos
desnudos, evocando una evidencia de lo que paso la noche anterior. Unas velas,
comida italiana, aire fresco todo adornado con una tela de romanticismo. Unas
risas, palabras sin sentido, caricias escondidas debajo de la mesa, unos besos
sin pudor en medio de la calle deshabitada. Parecíamos dos tontos ingenuos,
jóvenes sin preocupaciones, nos hacíamos reír, soñar que alguna vez llegaríamos
a la vejez juntos. Cogimos la moto bajo los efectos del amor, el aire jugaba
con mi pelo, mis manos te rodeaban tu vientre, dando una seguridad imaginaria.
Subimos las escaleras sin querer, sin parar de besarnos y mirarnos. Queríamos
celebrar aquella velada con nuestros juegos de besos, besos dulces, respirándonos
sin echar en falta el aire del exterior.
Ahora tan solo son recuerdos que olvidar.
