divendres, 27 de novembre de 2015

Los hijos de los políticos

Andando por la calle siempre con la cabeza muy alta y viendo una ola de gente que pasa, que va y viene de sus destinos, que va ocupada o que, simplemente, va escuchando música. Gente con bolsas en las manos, bolsas de ropa, zapatos o comida. Bolsas que se van a tirar o a guardar para llenarlas de otras cosas superfluas y algunas veces de cosas que no necesitamos. 
Olas de gente que va y viene y que no se detiene. Gente ocupada, pensando o dejando la mente en blanco. Gente con problemas que muchas veces tienen soluciones fáciles pero que chocan con el orgullo. Mentes llenas de proyectos que se cumplen o solo se quedan allí, en meras ilusiones. 
Gente que corre por coger a hora el bus o el tren que hace un minuto que se ha ido. 
Gente hambrienta de dinero, esperanzas, de sueños infantiles. Y gente secreta que pasa sin que nadie se fije en ella. 
Gente que va a los supermercados a última hora de la tarde, salen con comida y piensan que van hacer para cenar. Pero cuando salen se encuentran con seres sentados encima de un cartón, con la cabeza agachada, con ilusiones pequeñas y problemas muy grandes. 
Seres que se fijan en cada persona que forma parte de los oleajes de la calle, que van con la cabeza bien alta hasta que se encuentran con ellos. La agachan haciendo ver que no los ven, pasando de ellos o echándoles alguna moneda sobrante para callar así sus conciencias humanas. 
Tarragona, 12:30 pm mujer sin techo leyendo
Seres que son confesionarios, cajas de madera que hablan poco y saben todos los secretos de la calle. Seres callados y que en su silencio gritan historias llenas de injusticias, de inseguridades, de casas sin techos ni calor ni paredes. Seres paridos por políticos corruptos que juegan en nombre de la democracia y justicia. Políticos que se llenan las bocas de palabras, juegos léxicos que esconden un mundo utópico lleno de mierda. Políticos que cierran los ojos al ver a su pueblo, al ver a los seres callados, sin techo, con grandes esperanzas e ilusiones pequeñas.
Gente que llena las bolsas y que agacha la cabeza delante de la realidad callejera. Negando la mirada a los ojos fríos, vacíos y cansados de los hijos de los políticos.