divendres, 27 de desembre de 2013

El comienzo de un libro

París un sueño, una utópica realidad. Diálogos entre humo, entre copas y entre velas que se consumían con el paso de las horas. ¿Y ahora? Ni velas, ni humo, ni copas. Sólo la tenue sombra de la luz de la calle, el humo que queda de un fuego ya convertido en cenizas y un vaso de hierro perdido entre las esquinas de aquella sucia buhardilla. Su padre, en los últimos días de su vida le inculcó el espíritu bohemio: aquellos seres que se escondían entre la negra noche, acompañados de sus mugrosas gabardinas, que entraban como fantasmas en los bares y burdeles de los barrios de peor fama de la ciudad.

Era medianoche y su cuerpo ya no aguantaba más. Se fue como un palo a enterrarse entre las escasas mantas que le quedaban. Tenía frío. No podía dormir. Los nervios le consumían como las termitas consumen la madera. Estaba boca arriba, con los ojos abiertos. Solo se oía la música que componía su sangre al correr por sus venas, la palpitación del corazón y algunos gruñidos de la madera. Se estaba enfrentando a su peor en enemigo, él mismo. Y es que empezaba a recordar de cómo había llegado allí, a aquella triste buhardilla de un edificio situado en Montmartre…

"¡Mamá! ¡Mamá! ¿Qué hay para cenar?" decía hambriento Antonio. "Ve con tu padre, hijo, ya te avisaré." Todas las noches de su infancia, Pierre, su padre, le contaba pequeños episodios de su vida en cuentos. Así poco a poco, le trasmitía el espíritu del arte por el arte. Así empezó todo. Después de cada cuento se iba a dormir con el ideal de que alguna vez él viviría como aquel personaje misterioso, ya que su padre nunca le contó que era él era el mismo protagonista.

 Foto de Eugène Atget.